viernes, 26 de junio de 2015

Inocente Soledad

Cuentan las historias que unos exploradores llegaron a  un planeta desolado, lejano donde, hallaron una civilización en ruinas, cuya existencia desconocían. Buscaron y buscaron supervivientes pero no hallaron ninguna alma viviente.

Fue tanta la curiosidad de los exploradores que encontraron un edificio, semimágico y especial para ellos, ya que lo más sorprendente, aquello que superó el entendimiento fue una luz muy poderosa que traspasaba la gran bóveda del techo. Nunca habían sentido un calor y una fuerza tan cálida e intensa. Siguieron mirando el techo, buscando el origen de esa gran fuerza y hallaron un círculo dorado en la lejanía del cielo. Jamás habían visto tal belleza.

     Dispuestos a saciar su curiosidad, observaron un altar con objetos brillantes y resplandecientes y detrás, para su horror y desconcierto, hallaron los huesos de un cadáver. Intentaron comprender. Intentaron desentrañar esa escena hasta que percibieron algo entre las manos del cadáver. Los rastrojos de la vestimenta lo habían ocultado: un pequeño cofre de oro cobrizo se hallaba entre sus brazos.

Al principio tuvieron miedo, jamás habían visto tal escena, pero lo cogieron. Uno de ellos sopló para quitar el polvo y lo puso encima del altar. El explorador abrió el cofre y de él extrajo un pergamino y con gran cuidado lo extendió. En él, había escrito un texto con trazos suaves y elegantes, pero no los entendió. La perplejidad se apoderó de ellos, hasta que otro explorador alzó la mano, creyendo entender el contenido de ese enigmático pergamino. Todos se acercaron más al altar y el explorador con voz alta comenzó a leer lo escrito, dispuestos a saber la verdad:

No sé por dónde empezar. Ni siquiera sé por qué escribo estas líneas pero es mejor que deje constancia de lo que una vez fue este lugar. Recuerdo, en los tiempos de mi niñez, una gran ciudad, con grandes torres y hermosos jardines que poblaban de verde y de luz todo cuanto nos rodeaba. Yo crecí en el seno de una familia feliz y bienaventurada: mi padre era uno de las personas más sabias e inteligentes que jamás he visto; su dedicación a este templo siempre fue íntegra y esmerada, devoción que me pasó a mí desde muy pequeño y que siempre me ha acompañado.
Mi madre era bibliotecaria. Conoció a mi padre en este santo lugar, entre legajos y libros que ahora mismo están destruidos. Su dicha era enorme y me criaron para que fuera un hombre sabio y recto. Conforme iba creciendo, mi sueño era seguir el camino de mis padres y conservar la sabiduría que encierra estos muros pues aunque todo fuera inocencia y libertad, aquello a lo que una vez llamé hogar no era más que un pequeño reducto de lo que una vez fue un mundo poblado y próspero.
Las guerras, las epidemias… comenzaron a expandirse y las pocas gentes que sobrevivieron se agruparon en este pequeño oasis con la esperanza de que todo volviera a la normalidad, pero jamás fue así. El daño producido vino por la cobardía del hombre que originó todos los desastres ya mencionados pero la valentía de los humildes consiguió reunir todo aquello de gran importancia y lo reunió bajo esta ciudad, a la que nadie puso nombre pues no merecía ninguno, ya que nadie podía poner una etiqueta a aquello que se había visto en la obligación de erigir por su propia culpa.
Podría deshacerme en palabras relatando y contando de manera detallada mi vida, pero no creo que haga falta. En mi memoria queda la imagen de un sueño alegre con aquellas personas que me criaron y me dieron todo su amor. Con eso me basta, pues en estos momentos me hallo solo en este lugar que tantos recuerdos me trae. Bien que nuestros antepasados no pusieron nombre a este lugar, ya que los errores que se cometieron, nos persiguen aún.
No me salen las palabras para describir cómo fue aquel día en que todo se vino abajo pero lo intentaré. Poco a poco, lo que habíamos construido se vino abajo: las cosechas dejaron de darnos alimentos; el agua dejó de ser nuestra fuente de vida; no podíamos avanzar más allá de los límites de la ciudad porque el aire era irrespirable… desgracias que se fueron sumando hasta quedar muy pocos. Sé que hace unos días un pequeño número de valientes decidió huir, ir a los lugares no vistos hasta ahora de este planeta con los últimos esfuerzos y conocimientos de los que disponemos.
Sé que aún existe una pequeña esperanza en algún lugar lejano, pero aquí ya no. Hace unos días enterré a mis padres. Creo que quedamos menos de una decena pero ya no estoy seguro. Mi cuerpo me pesa y noto lo latidos de mi corazón apenas. Mi final es inminente. Espero que el que lea estas líneas aprenda: es poco lo que cuento pero creo que el sentimiento es firme.


Firmado: Posiblemente, el último habitante que queda en este lugar, al que, una vez, llamamos  Tierra.