martes, 7 de julio de 2015

Mis alas rotas I


Mía salió de su casa, dispuesta a  afrontar otro día más. Cuando puso un pie en la calle, el sol por casi la dejó ciega. Siempre que salía le ocurría lo mismo y jamás se acostumbraba. Por otro lado, la noche anterior había caído nieve con gran fuerza y era muy difícil transitar por las calles, aunque la nieve empezara a derretirse. Pero eso a ella no le preocupaba. Como tampoco le preocupaba que su casa estuviera casi destruida, como todas las demás.

Por la noche, cuando se acostaba, veía el cielo estrellado y contaba todas las estrellas fugaces que pasaban por sus azules ojos hasta que se quedaba dormida. Además, la yedra había crecido por las paredes antiguas de su vivienda y le daba cierto toque de hermosura.

Los avatares de su vida no eran nada en comparación con la de otros. Ya fuera  y con su cesta de mimbre, dio vueltas por todas las calles para  llegar al punto de siempre, una salida de la colonia que daba siempre a un bosque. A su alrededor, mientras caminaba, vio miseria y desesperación. Madres e hijos se acurrucaban para entrar en calor e improvisaban pequeños fuegos para no perecer de frío. La gente vivía como podía y muchas personas se arremolinaban en antiguas casas derruidas y en ruinas con tal de estar un poco a salvo de las nevadas agresivas y frías que caían siempre. Toda la gente que vio, llevaba ropa andrajosa y vieja y presentaba un aspecto raquítico y demacrado.  Mía no cerró los ojos. 

Esa era su realidad. 

Ella vivía la misma pesadilla eterna que toda su gente. Había aprendido a ser fuerte por ellos y a que nadie sufriera, sabiendo que era una empresa imposible.

Llegó al sitio de siempre y vio a amigos suyos, jóvenes que no llegaban ni a los dieciocho años pero que sentían que el peso de toda la colonia descansaba sobre sus hombros. Entonces oyeron un ruido muy familiar y  vieron dos camiones acercarse a la salida. Pararon delante de ellos y una mujer y un hombre bajaron de cada camión.

—¿Sólo habéis venido vosotros? ¿Y lo demás? —preguntó Tara, una amiga de Mia que estaba a su lado.

—Sólo nosotros hemos conseguido cazar algo —contestó la mujer, y los dos empezaron a sacar la comida, la cual fue distribuida en las cestas y carros para repartirla entre la gente. La mujer y el hombre se marcharon con los camiones, los cuales no se volverían a ver hasta dentro de tres días, espacio de tiempo que tardarían en regresar con víveres y comida que conseguían cazar  en los bosques.  Desde hacía mucho tiempo, se llegó al acuerdo de que un grupo de cinco personas abandonaría la colonia en busca de alimento debido a que las heladas destruían cualquier cosa que brotara de la tierra.

Pero en esa ocasión solo habían vuelto dos, con lo que había menos para repartir.

—Pues manos a la obra —dijo un chico, Teo, un año mayor que Mía.

Fueron a los barrios donde la pobreza y el hambre dio con más fuerza: el de los huérfanos. Cuando llegaron, muchos niños corrieron a ellos con una sonrisa en la cara. Todos esos niños eran los más perjudicados de una situación imposible.

Si los pequeños se alegraron al ver que recibirían un trozo de carne y fruta, los tres jóvenes se alegraron aún más al ver sus caras felices, aunque solo por un momento. Los tres entraron a un gran edificio derruido, una antigua iglesia, donde lo único que se sostenía eran las paredes que contenían vidrieras de colores que se proyectaban en todas partes, creando uno de los espectáculos que merecía la pena de ver en mitad de esa realidad. El resto de los niños que vivían allí y que eran los más pequeños de la colonia los recibieron con saltos y risas.

—Hay para todos, tranquilos-dijo Mía.

En unos minutos la tristeza y  el miedo desaparecieron gracias a la ayuda de los alimentos.
        
—Ojalá no vivieran de esta forma—dijo Teo mientras los miraba.

—¿Y qué se puede hacer? Al menos, los alimentamos y eso ya es algo—admitió Tara.

Mía les daba la razón a ambos pero no se podía hacer nada. Muchas veces había  creído que estaban en medio de una pesadilla larga de la cual algún día despertarían todos, pero la realidad era mucho más poderosa que sus deseos. 


OTRAS PARTES: II , III