jueves, 16 de julio de 2015

Mis alas rotas II


Terminaron de comer y se despidieron de los pequeños. Una vez hubo llegado Mía a su casa, cerró la puerta y abrió las ventanas para ventilar su hogar. Cuando se dio cuenta de lo tarde que era ya, cogió su capa del baúl y salió a pasear. Recorrió las grandes calles que estaban casi desiertas. Aligeró el paso y llegó a una gran fuente. Se sentó en uno de los lados y vio que el agua aún no se había congelado por la fuerza del frío. Ésta salía de tres grandes ángeles que estaban en el medio, unidos por las extremidades de sus alas de piedra. Mía metió la mano en el agua y la notó fría pero no le molestó.

Miró los ángeles, imponentes con su postura. Casi parecía que iban a echar a volar, pero no. Sus alas de piedra estaban en algunas partes carcomidas. A Mía le encantaba sentarse en la fuente y mirarlas. Era una de las muy pocas cosas que merecía la pena ver en ese lugar. Incluso, muchas veces sintió deseos de tener unas y volar, pero eso jamás sucedería. Entonces una voz le sorprendió por la espalda.

—Hola, Mía —Teo le saludó por detrás. Ella hizo un gesto con la cabeza y él se sentó a su lado—. Hoy he visto a los niños muy contentos-entrecerró sus ojos verdes para rememorar la mañana.

—Yo también me he dado cuenta pero no es suficiente, Teo.

—Nunca lo es, pero hacemos lo que podemos y nuestra recompensa es ver cómo todos sobrevivimos un día más.

—¿Y eso es bueno?—dijo Mía con cierta ironía.

—Yo quiero pensar que sí—le respondió Teo. Ella agachó la mirada y cerró los ojos. Sintió como Teo le cogía un mechón de su pelo moreno y se lo ponía detrás de la oreja. Y su corazón sintió un vuelco.

—Me gustaría decirte tantas cosas, Mía—ella le cogió el brazo y miró sus ojos verdes.

—Yo también Teo, pero es imposible. Es mejor que todo quede como está.

Mía se levantó y echó andar dejando a su amigo, atrás, abatido y consternado. Con el tiempo el corazón de Mía se había vuelto tan frío y blanco como la nieve.

Y en aquel momento, se quedó quieta. Sintió la necesidad de apartarse de todo aquello, aunque fuera por un rato y supo adónde tenía que ir. Caminó con paso decidido hacia la iglesia. Los pájaros volaban en manada muy cerca y los niños que vivían en la Iglesia la saludaron y se acercaron a ella, creyendo que les iba a dar algo.

—Lo siento, chicos. No tengo nada—un gesto de abatimiento se adivinó en sus caras pero agradecieron su visita. La querían muchísimo y ella a ellos, también.

Mía anduvo hasta el muro de la derecha, el cual apenas conservaban algunas partes y daba paso al cementerio. El cantar de los pájaros seguía y la brisa del viento movía las hojas de los árboles secos que caían al suelo. Mía se paseó por las lápidas  hasta que llegó a dos que había al lado de un gran árbol. Eran las de sus padres.

—Hola —les dijo—.Hace tiempo que no vengo a veros. Lo siento. Una lágrima se le asomó por las mejillas. Con los demás mostraba una apariencia fuerte y decidida pero frente a la lápida de sus padres no podía. Con ellos, no.
Se cayó de rodillas y notó el contacto frío de la nieve pero no le importó.

—Yo…no sé qué hacer para afrontar todo esto. Desde que os fuisteis hace un año, me… siento muy solamientras decía estas palabras, las lágrimas caían en la nieve y se abrazó asimismo, sintiéndose como nunca desamparada. —Ayudo a los pequeños a que no sufran por su desdicha, por su maldición de no tener a nadie a su lado que los proteja. No quiero que sufran como yo, como cuándo os perdí, pero ¿quién se preocupa por mí?
        
Podía parecer una egoísta por pensar de esa manera pero en su fuero interno era lo que sentía. ¿Por qué era  así? ¿Por qué era incapaz de mostrar una sonrisa? Recordó los ángeles de la fuente, su pose de desafío, sus alas abiertas e imperantes, pero Mía tenía sus alas rotas.


Colgados del Muro








OTRAS PARTES: I , III