miércoles, 2 de septiembre de 2015

Lágrimas en la nieve I


Lorna corrió sin mirar atrás. Las lágrimas le caían desesperadamente por sus mejillas blancas, fruto de la rabia que la invadía. Sus padres no la entendían y no la entenderían, de eso estaba segura. Y todo por culpa de su forma de ser, de su forma de ver el mundo y de relacionarse con él. En especial, había un tema peligroso que levantaba ríos de tinta en su casa: los chicos. Lorna era una chica sensible, con miedos e inseguridades y su suerte con los chicos nunca fue buena. No sabía cómo acercarse a uno y entablar una conversación y eso la empequeñecía hasta el punto de sentirse en una infinita soledad. Y sus padres le reprochaban constantemente su falta de arranque.

            —Que sabrán ellos— se repetía constantemente Lorna— que lo ven todo desde una perspectiva que no es la mía.

            Unos minutos antes había roto a llorar frente a su madre porque no quería sentirse sola en la fiesta que se celebraría en un día en su instituto. Su madre intentó consolarla, alentarla pero Lorna sintió un puño en su pecho.
            —No tienes nada de qué preocuparte, hija mía, vales más de lo que te crees– le repitió constantemente mientras la mecía en su regazo. Pero para Lorna eso era una mentira.

            —Que vas a decir tú, si eres mi madre— le reprochó segundos antes de salir corriendo de su casa.
            No, nadie se ponía en su lugar, nadie la comprendía y eso la mortificaba. Se apoyó en una pared de la calle. La noche era la única testigo de su desdicha. Las luces de las farolas parpadeaban y la nieve comenzó a caer pero a Lorna no le importó. Se secó las lágrimas de sus mejillas y sin darse cuenta, sus pies la llevaron a la fuente que coronaba el centro de la calle. Se sentó en el mármol gris y antiguo.

            —“Ojalá yo fuera transparente como el agua”—pensó—. “Así la gente sabría cómo me siento de verdad”.

            Metió su mano en el agua y la sintió fresca y limpia. No obstante, lo que más le atraía de la fuente no era el agua que brotaba de sus entrañas sino el ángel que la custodiaba. Lorna miró el rostro angelical del ángel.

            —Desearía alguien  en mi vida, grácil y bueno, que viera más allá de las apariencias, se dijo a sí misma.

            Se quedó absorta mirando el ángel y creyó que el ser alado hacía lo mismo. Pasaron segundos, minutos y esa mirada entrecruzada de los dos bastó para crear un lazo entre los dos que llegaría a límites insospechados.
            Un copo de nieve cayó en su nariz y sintió el frío del invierno.

            —“Es hora de volver”— se dijo a sí misma. Se acomodó el abrigo para evitar el fío y anduvo hacia su casa, dispuesta a afrontar un día más de su vida.

            Cuando despertó en su cama, miró el paisaje por las ventanas. Un paisaje blanco, níveo y  hermoso se presentaba ante ella.  Se quedó mirándolo ensimismada acurrucada entre sus sábanas unos minutos. Más tarde, salió a desayunar y encontró a sus padres, hablando.

            —Qué raro— dijo su madre—,  deben ser profesionales para poder haber hecho eso.

            Lorna no prestó atención al comentario de su madre. Desayunó y marchó al instituto. El aire que se respiraba era de júbilo y alegría pero Lorna sintió una opresión en su corazón. Al regresar a su casa, sin saludar a sus padres, se encerró en su habitación, esperando la hora de la fiesta. Los minutos se convirtieron en horas hasta que llegó el momento. Aunque Lorna no se hablaba con su madre, ésta la ayudó a maquillarse para la fiesta. Cuando terminó, se miró en espejo: llevaba un vestido blanco de gasa hermoso como la nieve. Su cabello había sido alisado de tal forma que parecía una cascada.

            —Estás preciosa hija mía. Esperó que lo veas tú también— le dijo su madre al oído.

            Lorna sintió raras esas palabras. ¿Cómo iba a ser ella preciosa si nadie la miraba? Momentos antes de la fiesta, halló a sus amigas en la entrada del instituto. Fingió una sonrisa deslumbrante frente a ellas y entraron pero por dentro Lorna sintió que se moría.  Y así pasaron las horas: sus amigas reían y se divertían mientras ella fingía una sonrisa de pasarlo bien. Cuando sus amigas marcharon al núcleo de la fiesta, Lorna aprovechó para ir a la mesa de bebidas. Cogió un vaso de plástico y lo rellenó. A su lado, había dos chicos. Ni siquiera me prestan atención, pensó. Terminó de rellenar el vaso y durante unos instantes captó lo que dijo uno de los dos chicos.

            —Es increíble, la policía está asombrada—dijo con los brazos cruzados—. Ha sido un robo perfecto.

            Lorna no sabía de qué hablaban pero su madre había dicho algo parecido por la mañana. Torció el gesto y volvió a rellenar el vaso. Y entonces, en ese momento, lo sintió. El agua de su vaso  tembló y el ruido de la fiesta se paralizó a su alrededor. Su respiración no era más que un leve susurro. En realidad, para ella el tiempo se había parado. No obstante, los latidos de su corazón eran firmes y fuertes. Los sentía con mucha fuerza.

              —“¿Qué está pasando?”—se preguntó  a sí misma– “¿Por qué no puede moverme?”


         —Disculpa, ¿me permites este baile?—un susurro como nunca antes había escuchado, un sonido melódico y armonioso la conmocionó. 

OTRAS PARTES: II