miércoles, 25 de noviembre de 2015

Más allá de la realidad III

III

     —¡Mierda!—Alexander apagó el móvil, agobiado. La chica estaba pálida por momentos y tenía que hacer algo y rápido. Movió su cara un poco, incluso le dio unos cachetes para que reaccionara pero no hubo éxito.

Podía llamar a la policía pero entonces tendría que dar explicaciones y eso no le beneficiaba para nada. Volvió a coger su móvil y telefoneó de nuevo a la persona.
Al poco se presentó un hombre alto, fornido, de rostro duro y aguerrido.

—¿Qué ha ocurrido?—el hombre observó a la chica y a la herida que empañaba su piel blanquecina. Con solo una mirada de Alexander, Geoffrey Stewart, militar y gran amigo del cantante, se arrodilló y presionó sobre el trozo de camiseta que había servido de torniquete.

—Es una historia muy larga, Geoffrey. Ayúdame a llevarla a mi casa.

—Tranquilo, Alex. Mi coche no está lejos—cargó a la joven y los dos corrieron al Chevrolet Suburban del militar. Alexander acomodó a la chica en la parte de atrás y se sentó con ella, mientras que Geoffrey se sentó en el asiento del piloto y arrancó.

Geoffrey manejó por las calles nocturnas de Nueva York mientras Alexander observaba a la muchacha. Intentó procesar lo ocurrido en esa noche pero era imposible. Si no hubiera seguido lo dictaminado por su visión, posiblemente estaría en su casa ajeno a todo lo que acababa de ocurrir, pero si lo hubiera hecho ahora la chica estaría tirada en cualquier lugar de la ciudad con algo más que un tiro en el hombro. 

El ex militar observaba al cantante por el retrovisor mientras manejaba. La amistad de ambos se remontaba a la peor época de Geoffrey y Alexander jugó un papel muy importante para él en aquel momento y todo gracias a su capacidad de ver el futuro. Qué ironía. Gracias a su don, Geoffrey podía levantarse cada mañana vivo pero muchas cosas se habían perdido por el camino. A pesar de todo, siempre estaría en deuda con el chico y lo tendría ahí para cualquier cosa.

Al cabo de media hora, el exmilitar paró su Chevrolet en el parking privado del edificio donde vivían los dos.  Con mucho sigilo, Alex con la chica en manos y Geoffrey subieron por el ascensor y llegaron al último piso. Abrieron la puerta del piso del cantante y rápidamente la tendieron en el sofá. El piso de Alexander era un ático grande, con lujosas habitaciones y un impresionante balcón que daba a las vistas más alucinantes de la ciudad.
Cuando depositaron a la joven, que temblaba por momentos, Geoffrey cogió el rumbo de la situación y pidió Alexander que le trajera el instrumental necesario para parar la herida y evitar males mayores. 

Al cabo de unas horas, la joven dejaba de murmurar y entró en un sueño profundo. Tanto el cantante como Geoffrey mostraban un aspecto cansando, sudoroso y sus ropas mostraban en algunas partes sangre. Alexander tapó a la chica y los dos fueron a la cocina. El joven buscó unas toallas del cuarto de baño y se las dio al exmilitar.

—Gracias por haberla salvado—dijo mientras sacaba botellas de agua frescas del frigorífico—. Ni siquiera sé cómo he llegado yo mismo a esta situación.

—Sabes muy bien cómo has llegado a esta situación—se quitó la camiseta manchada y mojó la toalla con el agua del fregadero. Después la pasó por algunas partes de su mano. Se echó un poco de agua a la cara y mojó su corta melena rubia. Cuando terminó se puso de nuevo la camiseta—. Seguro que tuviste una visión en la que aparecía la joven sufriendo un disparo o qué sé yo.

Alexander sonrió y dio un sorbo de la botella de agua.

—Es tarde—Geoffrey miró su reloj y de un trago se bebió la botella de agua—. Si necesitas algo, estoy a dos puertas de esta casa—le dio una palmada en la espalda y salió del domicilio del cantante.

Alexander miró su reloj: la 1:00 de la madrugada.

Terminó de beber la botella y fue directo al cuarto de baño de la primera planta. Se deshizo de la ropa ensangrentada y abrió la llave de la ducha. Dejó que cada gota de agua rozara su piel quitándole todo rastro de sangre y sudor. Pensó en la visión que tuvo en el estudio. La idea básica de la visión se había cumplido: encontrarse con la chica pero los hechos siguientes no los vio. En realidad, cada vez que tenía una visión solo observaba unos instantes o unos minutos de lo que iría a ocurrir en el futuro. 

Cerró la llave y se puso la toalla por la cintura. Tras ponerse cómodo, se sentó en el sillón de la sala principal y observó a la joven hasta que cayó rendido.

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Selene sintió una brisa de aire. Entreabrió los ojos y observó la mañana de Nueva York. Cuando los abrió un poco más se dio cuenta de que no estaba en su apartamento si es que a eso en lo que vivía se lo podía dar un nombre. Se levantó y notó que había una manta que la tapaba. Al apreciar ese nuevo detalle, observó con más detenimiento la sala.

—¿Dónde estoy?—se preguntó mientras miraba el salón.

—Ya estás despierta—Alexander salió de la cocina con una bandeja llena de alimentos.

La chica al ver tal manjar sintió un rugido voraz en su estómago. Incluso, sintió como le caía la baba—. Come. Hay suficiente para los dos—el chico le dedicó una sonrisa y agarró la taza del café.

Selene no entendía nada de lo que estaba ocurriendo hasta que lo pasado en la noche anterior le vino a la cabeza como un golpe.

—Oh no…—se tocó la cabeza y cerró los ojos—. Yo no debería estar aquí.

—Pero lo estás. Y si recuerdas lo que pasó ayer, deberías saber que un amigo y yo te trajimos sangrando hasta aquí.

Al incorporarse en el sofá, Selene sintió un dolor agudo en su hombro. Gimió ante el dolor y vio que estaba vendado.

—La bala al menos salió de la herida, sino ahora estaría en el hospital—dijo observando la venda.

Alexander paró a medio camino la taza y la miró.

—¿Cómo dices? “¿Cómo sabe lo que estaba pensando?”—la chica lo miró y supo en seguida que había metido la pata, aunque sabía que se hallaba ante alguien como él.

—Lo he supuesto—dijo de manera tajante.

—No me lo creo—Alexander se acercó a ella. Selene sintió esa mirada. Ya la había visto antes. Siempre la miraban así cuando la gente intuía su poder, pero el chico le había salvado la vida y sabía muy bien que él era como ella.

—Ya que más da—agarró una tostada de la bandeja—. Yo soy como tú—el joven alzó la ceja—. Tú ves el futuro y si lo sé, es porque he leído tu mente mientras te tomabas el café.

Alexander no daba crédito a lo que oía. ¿Era como ella? Entonces, la visión que tuvo, ¿era para unirlo con alguien como él? Arrugó en entrecejo y se sentó en el sofá.

—No estoy solo—dijo con un hilo de voz.

—Para nada—dijo la chica mientras degustaba la tostada—. Por cierto, mi nombre es Selene.

—Te diría mi nombre pero seguro que ya lo sabes.

—Más bien sé quién eres por tu profesión—le respondió con un brillo en los ojos. Selene era fan del grupo Black Star. Se refugiaba en la música del grupo cuando el monstruo, como ella lo llamaba, no la molestaba ni la vigilaba ni mucho menos la usaba. Alexander sonrió pero en ese momento sonó su móvil. Era Brandon. Lo descolgó y habló con él.

—Estoy bien… He tenido una noche un poco difícil… ¿El ensayo?... ¿No se puede suspender hasta mañana?...—se resignó ante lo que le decía Brandon—. Está bien. Dame una hora.

—¿Tienes un ensayo muy importante verdad?—preguntó Selene, aunque en el fondo lo sabía por la lectura de mente que había hecho. Alexander asintió—.Creo que es hora de que me vaya—dejó la tostada en la bandeja y se levantó pero el dolor del hombro la mortificó.

—Tú no vas a ningún sitio—se plantó delante de ella y la volvió a echar en el sofá—. Yo tengo que irme. No sé cuánto tardaré. Hay comida en el frigorífico y puedes husmear la casa todo lo que quieras.

Selene se sintió como una niña pequeña ante tales privilegios. Y eso le gustó. Era más de lo que había recibido en su vida.

Alexander se preparó y en diez minutos se plantó en la puerta principal.
—Volveré cuando acabe. No te metas en líos en mi ausencia—le guiñó un ojo y salió por la puerta. Había encontrado a una como él y no la iba a dejar escapar fácilmente.
Selene le sonrió y vio como cerraba la puerta. Suspiró. Nunca se podía imaginar que se hallaría en casa de su cantante favorito, sentada en su sofá y comiendo un desayuno preparado por él. Se tocó la herida del brazo y recordó lo ocurrido en la noche anterior: la rebelión, la huida, lágrimas, libertad… Demasiados sentimientos acumulados hasta que explotaron la noche anterior. Y lo peor de todo es que en su interior se sentía culpable. Si hubiera sido más fuerte años atrás, no habría acabado en la boca del lobo y ahora viviría con su padre humildemente.
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Alexander subió al coche y esperó a arrancar. No estaba solo. La chica era como él. Entonces, ¿habría más como ellos? Sabiendo el hallazgo que acaba de hacer, cogió el móvil y llamó a Geoffrey Stewart. 
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Selene terminó el suculento desayuno y dejó los platos en la cocina. Sentía en su interior que tenía que ser amable con su anfitrión. Sin mucho margen de actuación, deambuló por el ático de Alexander y prestó atención a los detalles. Toque minimalista, muebles negros, blancos y grises a juego con las tonalidades de la pared donde había colgados máscaras antiguas y de muy diversas culturas. No obstante, fueron dos cosas las que le llamaron la atención. Al lado del mueble de la televisión-que era la más grande que había visto en su vida- había una vitrina de cristal y dentro, Selene vio los trofeos y premios ganados por la banda de Alexander. Había visto por la televisión al cuarteto recibiendo los premios y ahora los tenía ahí delante. Eran infinitamente preciosos. Delante de uno de los premios.

Estaban los cuatros agarrados por el cuello entre sí y Alexander sostenía el premio más importante que habían obtenido hasta el momento. Selene sonrió. Se le veía feliz entre sus camaradas y no melancólico y pensativo como lo había visto minutos antes. Se preguntó cómo conseguía llevar al día su don sin que le afectara o quedara expuesto.
La segunda cosa que le llamó la atención fue el gran telescopio que había en el balcón.

Corrió las puertas y salió. Desde tan alto, observó la mañana de la ciudad, los coches circulando, los grandes edificios a su alrededor. Era como si ella tuviera el poder de todo lo que acontecía a su alrededor.

Se acercó al telescopio y se impresionó. Era grande y ancho lo que hizo suponer que sería un último modelo, típico de alguien como Alexander que podía permitirse eso y más. Al lado había una mesa y una tumbona. Sobre la mesa, encontró una libreta. Sintió la curiosidad de abrirla y hojearla pero no lo hizo.

—“Es su intimidad y no puedo verla”—la dejó en la mesa y justo en ese momento, su don la advirtió de que alguien se acercaba a la puerta. Entró rápidamente a la casa y cerró las puertas correderas. Su corazón palpitaba y el dolor de su hombro se acentuó. Podía escuchar los pensamientos de la persona que había al otro lado de la puerta pero no podía adivinar si era amigo o enemigo y tampoco es que tuviera muchos amigos. Se paró en mitad del comedor e intentó descifrar la maraña de palabras que podía escuchar de la persona que estaba al otro lado: “tranquilo”, “vigilancia”, “herida”… La palabra vigilancia la alertó y una idea pasó por su cabeza. ¿Y si era la presa de Alexander?

—“¿Cómo he podido ser tan estúpida y dejarme engatusar?” —pensó.

Entonces escuchó como alguien enroscaba unas llaves en la cerradura y abría la puerta. Selene, decidida, corrió y cogió un jarrón, lo primero que vio. Cuando la persona dio indicios de que ya estaba entrando, Selene aguardó hasta que se lanzó a la cabeza del intruso. Había sido prisionera media vida de un monstruo y ahora no iba a serlo de un desconocido. Cuando se lanzó hacía el hombre, éste con gran agilidad la apartó y agarró el jarrón al vuelo. Ni siquiera se despeinó ante el ataque de la joven. Selene cayó al suelo y el dolor del hombro volvió a pasarle factura.

El hombre que estaba frente a ella la miró sonriendo y Selene se sintió como una estúpida. Llevaba en una mano una bolsa con alimentos y sujetado al hombro un macuto y aun llevando todo eso, había conseguido esquivarla.

—Con el hombro malherido, deberías ir con más cuidado—Geoffrey cerró la puerta de la casa y ayudó a Selene a levantarse—.Antes de que vuelvas a hacer una estupidez, siéntate en el sofá y sé buena chica.

Selene no sintió esa reprimenda como si fuera una amenaza. Escudriñó en lo más profundo de la mente de ese hombre y halló un rastro de tristeza. Y entonces entendió que había sido una riña con un cariz paternal. Pero no solo vio eso sino que llegó a momentos de su mente oscuros y horribles.

—Eres amigo de Alexander. Te llamas Geoffrey Stewart—dijo mientras se sentaba.

—Veo que lo que me dijo Alex sobre tu don es cierto—a medida que dejaba los bártulos en la mesa, Selene enfatizó con ese hombre. Su semblante denotaba que se trataba de una persona amable pero para Selene, las fachadas de las personas eran paredes de papel que ella perfectamente podía romper para descubrir qué cosas encerraba la gente.

—Me llamo Selene—fue lo único que dijo la chica.

—Ya me lo ha dicho Alex. Me ha llamado para que te cuide hasta que él vuelva.
—Perdón por lo de antes. Es que yo…

—Tranquila. Ya tendrás tiempo de dar explicaciones. Ahora, enséñame el hombro.

Geoffrey se acercó a ella con un botiquín. Selene observó la destreza del hombre a medida que observa como le curaba las heridas o las examinaba. No hacía ser telépata para adivinar que el hombre tenía formación médica de la buena.

Selene sonrió y se dio cuenta de que estaba en un error. Alexander estaba ahí para ayudarla y protegerla. Cuando Geoffrey terminó, la chica se relajó y observó al hombre sin saber las cosas que iban a ocurrir esa mañana entre los dos.


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